jueves, 16 de julio de 2009

Capitulo 12

Capítulo 12


The “Men in Black”.....





Llevábamos casi tres semanas en la escuela, entrenando de cuatro a cinco horas diarias, y eso comenzó a dejar huella en Dan, dejándolo sin fuerzas y socavando su ánimo. Tuvo que quedarse en el hotel, porque se encontraba bastante mal. Tenía todos los síntomas del agotamiento físico. Simplemente no podía con su cuerpo, por lo que le sugerí que se quedase a descansar durante un día o dos. Esto me llevó a la posibilidad de pedir un día libre de descanso en la escuela, y así se lo hice saber a Yan. Esta habló con la dirección y nos comunicaron que no había problema.

Tanto Jesús como Mika, comenzaron a acusar el gran esfuerzo físico realizado, pero aun así, no hicieron caso de mis indicaciones acerca del uso correcto de la fuerza. Estaba observando día a día, como desgastaban sus energías, y eran incapaces de comprender lo que les decía, y sobretodo, porqué se lo decía. Era obvio que este ritmo no era ni mucho menos el que siempre habíamos tenido en España, pero si que había una forma de aprovechar todo esto de otra manera, sin ‘quemarte’ tanto.

Me estaba dando cuenta de algunos aspectos, que aun estando ahí latentes desde hacía mucho tiempo atrás, no había logrado verlo, sentirlo o aceptarlo. No recuerdo quién dijo una vez : “saber las cosas, las sabemos; Pero lo difícil es aceptarlo”.... Algo estaba cambiando en mi forma de verlos como alumnos. Algo que hacía que, poco a poco, y empujado por sus actitudes hacia mí, me distanciara algo de ellos.

Ese día llegó a las clases el Maestro Liang Shaozong, hijo del fundador de la escuela Epo, que de ahí en adelante fuera bautizado con el sobrenombre de “Men in Black” por parte de nuestros alumnos. Y eso sobrevino por su indumentaria, siempre de negro, y de corte occidental. Tenía su gracia, aunque a mi me parecía más bien una ligera falta de respeto. A partir de ese día, con solo pronunciar su nombre, todos se echaban a temblar. Sin cambiarse de ropa, aprovechó cada visita de inspección que nos hacía, para corregir las técnicas y dar instrucciones precisas a los instructores. Nos quedábamos pasmados viéndole realizar posiciones extremadamente bajas, sin esfuerzo alguno. Creo que serviría como perfecto protagonista para el anuncio de los trajes, esos de Emilio Tucci, que anunciaba una cadena de grandes almacenes en España. Era muy severo y duro en sus explicaciones. Sus facciones eran siempre bastante duras. Obligaba siempre a bajar las posiciones a nuestra gente, cosa que obviamente no les hacía la más mínima gracia.

Un día, llegó justo diez minutos antes de acabar el entrenamiento, y nos comentó que si queríamos quedarnos un rato más para perfeccionar algunos detalles de las formas que estábamos aprendiendo. Más bien no preguntó exactamente así, pero lo dio a entender. Esto suponía un privilegio..... Para mi sorpresa y posterior vergüenza, todos declinaron el ofrecimiento, aduciendo que ya era tarde y que estaban cansados. Me sentí profundamente decepcionado con esta actitud de mis alumnos. Rechazar así a un prestigioso Maestro, era poco menos que un desprecio hacia él. Yo entendía que estaban muy cansados, y que le temían por su severidad y su exigencia, pero ¿acaso no habían venido aquí a entrenar duro?.... ¿a conocer en sus carnes y espíritu lo que era Shaolin?.... De alguna manera, lo dejaron allí, plantado. De poco sirvió mi visible enfado con ellos. Esto denotaba una total falta de voluntad interior; una grave carencia de algunas de las virtudes que caracteriza a la gente que dedica su vida a esto. Veía que espiritualmente estaban vacíos, y eran incapaces de aprender nada más que no fuesen técnicas y más técnicas. Por otro lado, podía entender su actitud, aunque no la compartiese. Se trataba de hacer un esfuerzo, un gran esfuerzo, por supuesto que si..... Para que este Maestro viese que en ellos había ese “algo “ más, que no era habitual encontrar en muchos extranjeros que habían pasado por aquí. Pero no se puede sacar nada de donde no lo hay.

Cuando nos dispusimos a marcharnos esa tarde, el maestro Liang, visiblemente enfadado, nos condujo a una de las salas, donde había un grupito de unos quince niños, que no superaban los cinco o seis años de edad, y que en ese momento estaban realizando la forma “Xiaohongquan”. Señalando a los pequeñajos, nos dijo: “¡Eso son posiciones bajas!... Zhe shí Shaolin Wu Shen! (Esto es espíritu marcial de Shaolin!)... Esto es Shaolin!”.... Nos quedamos algo perplejos al ver el trabajo que estaban realizando los pequeños, con una concentración admirable para su corta edad. Desde sus pequeñas y redondas caras y sus miradas curiosas, nos estaban dando una soberbia lección de Kung-fu.

De verdad que me dolió mucho este episodio, y no pude más que sentir vergüenza de mi mismo y de mis alumnos. Teníamos aun mucho que aprender .....





Algunos recuerdos...


Todo esto me hizo reflexionar mucho, y abrió las ventanas de mi memoria, de donde comenzaron a fluir recuerdos de mi aprendizaje y mis “primeros pasos” en el Kung-fu. Eran tiempos muy distintos, en una época y país distinto. Nada es equiparable, pero ciertas analogías se vuelven a repetir cíclicamente, aun en circunstancias diversas. Yo sentía verdadera pasión y fascinación por lo que hacía, y mi respeto y lealtad hacia mi Maestro eran inquebrantables. Fui, en muchas ocasiones, hasta obstinado como una mula vieja, lo que me valió, en cierta medida para persistir en el entrenamiento. Era capaz de realizar cosas, que casi ponían en grave riesgo mi integridad física. Sobretodo recordaba alguna de las duras pruebas a las que mi Maestro me sometió, sin que en realidad yo comprendiese su fin verdadero, que no era otro que el de entrenar mi resistencia emocional y psíquica, aparte de fortalecer mi voluntad y espíritu. Me estaba forjando de alguna manera, convirtiéndome en lo que hoy día soy. Si en su momento las superé todas, fue por mi carácter e insistencia, por mi fuerza de voluntad. Y lo que me empujaba a hacerlo era, como he mencionado anteriormente, mi amor y pasión por el Kung-fu. A pesar de no comprenderlo, siempre intuí que había algo más que patadas y formas bonitas ....

Y una de estas pruebas, es la que narro a continuación, a modo de ejemplo significativo....

Cierto día, cuando apenas contaba con catorce o quince años, y ya llevaba cuatro entrenando bajo la dirección de mi Maestro Zhang, este me indicó que ese día entrenaríamos en el bosque cercano, al que solíamos acudir con cierta frecuencia. Este hecho de por sí no era nada extraordinario ni fuera de lo común, por la salvedad de que era pleno invierno, y estamos hablando de Suiza. Entrenar en plena naturaleza era algo que me gustaba mucho, pero ese día, la verdad, no parecía ser muy buena idea. Era ya media tarde y el día estaba horrible; una fuerte ventisca helada te cortaba la cara, y además, la nieve que caía lo empeoraba todo. Apenas se vislumbraba el camino que habitualmente seguíamos para adentrarnos en el bosque. Pero no había manera de negarse; eso sería impensable en mí, así que me resigné y enfilamos el sendero del bosque, con un frío que pelaba, con la vaga esperanza de que ese día sería algo especial y seguro que aprendería algo nuevo. Mi Maestro tenía la extraña capacidad de sacar provecho de todos los fenómenos de la naturaleza, y siempre aprendía cosas muy interesantes de él. A pesar de que no me agradaba la idea, confiaba plenamente en él....


Resultaba muy complicado y penoso caminar por la nieve, ya que los pies se te hundían casi hasta la rodilla. Como era habitual, mi Maestro caminaba delante de mi, con paso ligero y firme a la vez, vestido con su traje tradicional. Me costaba seguir su ritmo, pero mi ánimo era bastante elevado, lo que me daba fuerzas para continuar adelante.

Ya en el sendero que se adentraba en el bosque, paró de repente y, señalando una gran piedra con su mano, me indicó que la cogiera en mis brazos. La misma podría pesar diez kilos a lo sumo, aunque a mi me parecieron bastantes más,.... cercanos a la tonelada! Argumentó que nos sería muy útil en el entrenamiento de hoy. Yo no entendía para qué, ni porqué tenía que ser precisamente esa. ¿Acaso no habría piedras a donde íbamos?.... Pero no había opción; cogí la pesada piedra y seguimos adelante por la nieve. Las manos se me helaron enseguida, al contacto con la fría roca y el aire helado (no habría más de 5ºC), y que no decir de la nariz y las orejas, a pesar del gorro que llevaba. Mi paso se hizo más lento y mi respiración, casi jadeante. La ventisca se convirtió poco a poco en una verdadera tormenta, y eso me hizo pensar que, después de todo, no había sido tan buena idea la de venir a entrenar hoy al bosque. Ese pensamiento anidó de repente en mi mente, y se fue haciendo cada vez más fuerte e insistente en su afirmación. Comenzó a desmenuzar la consistencia inicial de mi ánimo, hasta que este casi se desvaneció por completo.

Así, durante aproximadamente veinte minutos caminando, sin decir ni una sola palabra. Empezaba a fijarme en mi entrecortada respiración y eso añadió algo más, a lo que se convirtió de pronto en desánimo. Pronto estaba cansado, así que me “atreví” a decirle a mi Maestro que ya no podía más, que tenía los pies congelados y casi ni sentía las manos. Él, sin girarse ni pararse, me contestó que “el cansancio solo estaba en mi cabeza”. Esa corta frase me acercó un poco al concepto del Kung-fu y su disciplina, a la que estaba acostumbrado, aunque me duró apenas unos quince pasos más. Volví a pararme y a decirle que de verdad no podía más. El se giró y, con su habitual seriedad me dijo: -” Bien. Si de verdad no puedes más, ¿qué vas a hacer?.... ¿Te quedarás ahí parado?.... Te morirás de frío, congelado. ¡Tu verás lo que haces!”.... Y dicho esto, prosiguió como si nada su camino. Mi perplejidad inicial, dejó paso a una rabia contenida hacia su persona, algo que nunca antes había sentido con tal intensidad. Pero era curioso; en mi interior comenzó a librarse una verdadera batalla entre mi inquebrantable admiración y respeto hacia él, y por otro lado, esa rabia y crispación que sentía. Y una tercera parte, era la que debía tomar decisiones al respecto...

No entendía que objetivo tenía subir la falda de la montaña, cargando además con esta maldita y pesada piedra, que con cada paso juraría que aumentaba su peso. Y esa misma rabia me dio fuerzas para seguir caminando detrás de mi Maestro. Apenas doscientos metros más arriba, ya no podía seguir. La piedra no se me había caído aún, porque, posiblemente se me había pegado a las manos congeladas.

Me paré, exhausto, y grité a mi Maestro: - “Shifú!.... De verdad que no puedo más!”, mientras que algunas lágrimas resbalaban por mis mejillas. Caí de rodillas, primero, y ante la imposibilidad de soltar la piedra, me di luego de bruces contra la nieve. Comencé a llorar, por la rabia e impotencia, o quizás por el dolor y el miedo. O por ambas cosas, no lo sé. Pero el Maestro Zhang ni se inmutó. Simplemente me dijo que casi habíamos llegado, que hiciera un pequeño esfuerzo más.

No sé como logré levantarme y dar algunos pasos más. En mi mente bullía la rabia, que llegó a extremos insospechados para mi. Llegué a pensar en dejar este absurdo entrenamiento que no comprendía, en ese mismo momento. Pensé en dejar el Kung-fu, puesto que esto, ¿Qué tenía esto que ver con el Kung-fu? ¿qué clase de entrenamiento era este?.... ¿para que servía todo este sufrimiento y dolor?....¿Para qué sufrir todo esto, pudiendo estar tranquilamente en mi casa, al abrigo de una buena estufa, jugando con mis amigos?.... ¡Estaba haciendo el tonto, siguiendo en plena tormenta a un viejo chino loco!.....

Mis sentimientos se tornaron oscuros, algo que nunca antes me había sucedido. Eran sentimientos nuevos para mi, que de alguna manera no lograba encajar en mi forma de ser habitual. Estaba algo confuso. Llegué en esos momentos a odiar a mi Maestro con tal intensidad, que yo mismo me asustaba de mis propios pensamientos. Llegué a pensar que si seguía pensando eso, acabaría ‘oyendo mis pensamientos’, y eso me daba verdadero pavor.

Pero a todas esas dudas, miedos y sentimientos de rabia y cólera contenida, se oponía algo: la visión de la imagen de mi Maestro delante de mí, mirándome y sonriendo, como si ni el frío ni mi sufrimiento le afectase para nada. Su serenidad era imperturbable. No podía ser .....

Finalmente llegamos a un pequeño claro del bosque, en el que solíamos entrenar en algunas ocasiones. Allí, él se detuvo y me dijo que me acercara.—”Ya hemos llegado..... ¡y se acabó el entrenamiento por hoy! Has comprendido la lección Xiao Wang?” - Yo no sabía que contestar. Estaba allí, de pie, como un tonto, tratando de comprender todo aquello. Lo miraba incrédulo. Él solo me sonreía.´- “Bien, nos vamos, que hace mucho frío!” ..... Debía tratarse de una broma. Pero el maestro Zhang jamás bromeaba con el entrenamiento. No entendía nada. ¿qué lección debía haber aprendido?.... ¿Dónde estaba el entrenamiento que supuestamente habíamos realizado?.....¿y para qué demonios me había hecho cargar con la dichosa piedra hasta aquí?.....

Todo eran preguntas, a las que no encontraba una explicación racional inmediata. Simplemente no lo entendía. Mi mente era pura confusión.

El Maestro Zhang se dio media vuelta, y comenzó a caminar con paso rápido por el camino que habíamos llegado. Con un enorme alivio, solté la piedra como pude y eché a caminar detrás de él.
- “¡Ah!... Y no olvides la piedra. Hay que dejarla donde la naturaleza la puso”......




Este tipo de entrenamiento, sin que yo lo comprendiese siempre en su momento, me fue forjando el espíritu y la capacidad de sacrificio. Ayudó a que mi Kung-fu, tuviese fuertes raíces. Me enseñó que, a menudo, hay que hacer las cosas simplemente por hacerlas, sin buscarles demasiadas explicaciones, que distraen nuestra mente. Hay muchas cosas que simplemente “son” y no hay que buscarles complicadas explicaciones del porqué, cuando y como. En su momento, te será revelado el significado profundo de sus razones. Pero si anteponemos la búsqueda de la respuesta inmediata, a la formulación de la pregunta, entraremos en un camino equivocado, que nos limitará sustancialmente en nuestro progreso, como Artista Marcial y como ser humano. Todo ello nos lleva a una distracción o dispersión de nuestra mente.


- “Maestro, ¿Para que sirve esta Forma?”....

- “¿qué Forma, Xiao Wang?”....


- “Pues esta nueva que he aprendido hace unos días”....

- “No sirve para nada, puesto que aún la desconoces por completo. Hasta que no la hagas ‘tuya’, la sientas y sepas expresarla, no sabrás para qué sirve”


- “ Y entonces, ¿Sabré para qué sirve?”....

- “No, tampoco..... Entonces solo conocerás la forma, pero te olvidarás de la estúpida pregunta”.


- “No lo comprendo...”

- “No importa. En realidad si que lo comprendes, solo que ... No sabes que lo comprendes. Todo llegará en su debido tiempo”....



Siempre solemos tener prisas por aprender, por coleccionar Formas, técnicas o estilos, sin pararnos a pensar en si el conocimiento que tenemos, realmente es profundo y sin fisuras. Es cada vez más raro encontrarse con alguien que haya llegado a un nivel tan alto o profundo, los dos términos nos sirven, como para haber abarcado la esencia del conocimiento del arte que está practicando. ¿por qué no ser más humildes y atreverse a profundizar en lo que ya tenemos sin exaltar el ego en la búsqueda constante de algo que nos diferencie de los demás?




“Puede que la sopa no siempre tenga el sabor que nos gusta. Sin embargo, posiblemente contenga unos beneficios que no esperábamos al juzgar su sabor”.




Lamentablemente, hoy en día, la mayoría de gente que acude a una escuela a aprender Artes Marciales, lo hace sin tener muy claro qué buscan, y que quieren conseguir a través de ello. Ni siquiera se plantean si el Arte Marcial elegido, realmente les sirve para los propósitos que creen tener. Es relativamente fácil mantener la ilusión durante algún tiempo, en algo que en apariencia nos atrae por sus expresiones o manifestaciones externas. O que nos hace creer en algo que no es verdad, y que, con tal de no reconocer nuestro error o fracaso, cerramos los ojos para no verlo. Nos identificamos con ello, con el objeto de no ver la cruda y a veces, desagradable realidad. Ni siquiera nos paramos a reflexionar, si el estilo que practicamos, aparte de sernos útil para la vida cotidiana, lo practicamos de verdad correctamente y en todas las facetas que le son inherentes. Porque es lamentable encontrarse con alumnos, que tras años de prácticas, aún se ponen nerviosos, o se quedan bloqueados, con la mente en blanco, o discuten tus decisiones, o bien desprecian tus consejos. Es una pena ver alumnos así, que piensan que lo saben ya todo, y que la filosofía y el entrenamiento duro, extremo e interior, está desfasado y es inútil. Lo penoso, no es ya que existan este tipo de alumnos, porque podría muy bien ser una opción de vida, pero lo malo es que se convierten en Instructores que pretenden enseñarle el mismo estilo que ellos no conocen en profundidad, a terceros.

¿Qué sucedería a una persona así, que tras años de prácticas, pierde el control de si mismo ante una simple demostración pública de su arte, si la cosa fuese en serio y estuviese en juego su vida? .... ¿qué capacidad de supervivencia tendría un alumno que es incapaz de forjar su espíritu, de expresar su Kung-fu en un simple examen?....

¿Y qué puedo esperar de un alumno, que cuando se le requiere para que haga algo, una demostración, o que muestre lo que sabe hacer, pone toda clase de pegas y excusas, o te dice llanamente que no? Ese alumno no se da cuenta que está representando a su Maestro y a su estilo. ¿No se da cuenta que avergüenza a su escuela y su Maestro?...

Y luego, por las circunstancias que sean, que en muchas ocasiones suelen ser banales, dejan la práctica, suelen buscar toda clase de excusas para justificar su fracaso. Todo vale, excepto reconocer nuestro error, o nuestra incapacidad para el Kung-fu.

Y todo esto es aplicable a la vida real; a los estudios, al trabajo, a las relaciones sociales, a la vida de pareja, etc. Analiza con seriedad esto que digo, y verás como llegas a la conclusión de que, en el fondo, todo es lo mismo: todo funciona bajo las mismas pautas de conducta y su comprensión.

Porque estaremos hablando de equilibrio (interior), de reacciones (sentimentales), de fuerza (de voluntad), de instinto (de supervivencia), de paciencia, de tolerancia, de flexibilidad (de pensamiento), de reflejos, de control (de emociones), etc.

Todo esto me abordó los pensamientos en los días siguientes a la visita del Maestro Liang Shaozong, y al desplante que le hicieron mis alumnos....









Laoshi Tian Song Feng


Una mañana, durante nuestro entrenamiento, llegó a la escuela un anciano, cuyo aspecto me recordaba a los Maestros característicos de las películas de Kung-fu, es decir, calvo como una bola de billar, y fina y larga barbilla blanca. También me recordaba vagamente al personaje del Maestro Tortuga Duende, de la serie de dibujos animados de “Bola de dragón”. Nada más verle, sin saber nada de él, supe de inmediato que se trataba de un verdadero Maestro, auque desconocía de qué. Su indumentaria no revelaba nada de su condición. Había algo en su manera de andar, en sus gestos pausados y serenos que me llevaban a esa conclusión.

Algunos días más tarde, ya había entablado una gran amistad con este hombre entrañable, que como yo sospechaba, era un auténtico Maestro a nivel nacional en la especialidad del Tongzhigong. Tenía setenta y cuatro años, y desde los cinco, llevaba practicando Artes Marciales. Tian Song Feng, era una persona profundamente sencilla y humilde, hasta el extremo que no le gustaba que le llamase “Shifú Tian” (Maestro Tian). El decía que no era Maestro, que era camionero de toda la vida, pues esa era su profesión. Yo le contestaba que bueno, que entonces era “Maestro Camionero”, con lo que se reía a carcajadas.

Un día nos realizó una soberbia demostración de los ejercicios de Tongzhigong, que nos dejó a todos, incluidos los monjes presentes, con la boca abierta. Poseía la flexibilidad de un niño y la serenidad de un anciano de su edad. Había conseguido primeros premios en certámenes nacionales de Maestros, pero eso no era importante, según él. Siempre, en todo momento tenía una amplia y serena sonrisa en el rostro, algo que reflejaba una tranquilidad de espíritu, como solo una persona equilibrada puede tener. A través de Yan, me contó parte de su vida, que estaba llena de experiencias bastante duras y crueles. Había vivido y sufrido en sus carnes la revolución cultural de Mao, por lo que su vida estaba plagada de episodios amargos. Ahora mismo no le quedaba familia, y había venido a la escuela con el objetivo de ser admitido en la misma, para enseñar sus conocimientos a los más pequeños. Superó el examen de aceptación sin dificultad. Siempre se le veía caminando solo por los patios de la escuela, o bien realizando sus ejercicios en solitario. Pero cuando alguien, algún chiquillo o alguno de nosotros se acercaba y le preguntaba algo, siempre tenía una amable sonrisa para todos.

Aparte del Tongzhigong, poseía una increíble destreza en el manejo de los látigos metálicos, realizando movimientos y técnicas, que ni los más expertos monjes de la escuela eran capaces de imitar. Su especialidad era el manejo de cuatro látigos unidos por los mangos, con los que realizaba unos movimientos casi inverosímiles. Teniendo en cuenta el peso de estas cadenas, las manejaba con notable fluidez y precisión. Su técnica era impecable y refinada, fruto de muchos años de prácticas diarias.

Hablar con este hombre me producía una gran satisfacción interior. Nuestra conversación llegó un día al tema del Taijiquan, en el que resulta que también tenía bastante experiencia, aunque insistía en que sabía muy poco, y os aseguro que no era falsa modestia. A partir de ahí, cada vez que podía, me ponía con él para que me corrigiera aspectos de mis técnicas. De alguna manera, me recordaba algo a mi Maestro Wang Bo, por su amabilidad y su insistencia en el perfeccionamiento de las técnicas. Se sorprendió al ver mi Taiji, y me comentó que era muy bueno. Le dije que no, que mi Taiji era pésimo, que me faltaba práctica y que tenía aun mucho por aprender. Entonces trató de explicarme que consideraba mi Taiji bueno porque era auténtico, profundo, de fuertes raíces. No era el Taiji superfluo, para ancianos, que estaba acostumbrado a ver en los parques de China, y que practicaban también muchos occidentales, denominados “Maestros”. Vio que yo conocía muchos aspectos del Taijiquan tradicional, y eso le sorprendió nuevamente. El Taiji del Maestro Tian era muy técnico en comparación con la fluidez y fuerza del mío, más agresivo y profundo quizás. Me corrigió muchos errores, que yo agradecí muchísimo. Luego me insistió en enseñarle parte de la forma “Shiba Pao Quan” del estilo Chen antiguo, que él no conocía. Mostrar mis movimientos para que él los aprendiera, no me suponía un ejercicio de soberbia, sino que me hacía sentirme muy honrado y feliz. Sabía que no podía enseñarle nada o casi nada a este Maestro, y pretender pensar siquiera lo contrario, hubiese sido una gran estupidez y una demostración desmesurada de orgullo. En realidad lo que estaba haciendo, y de todo corazón, era compartir con este hombre lo poco que yo sabía. Se mostró muy agradecido, una actitud, que muchos llamados “Maestros” de Taiji de España serían incapaces de expresar. Parece que ya lo saben todo, y no aceptan que nadie les pueda enseñar nada, salvo que sea un Maestro oriental, con más fama que sabiduría. Su ego es más grande que ellos mismos. Siempre serán pobres de espíritu....

En definitiva fue una extraordinaria experiencia poder conocer a este maestro, y compartir conocimientos con él. Me dejó volver algo atrás en el tiempo, y deleitarme con las sensaciones que me producía sentirme guiado por un Maestro, como cuando era yo el estudiante. Mi respeto hacia él era sincero y profundo, y a pesar de la amistad y el correspondiente trato cordial que me dispensaba, le dejaba comprender mi verdadera condición de persona que sabe quién es quién.

Aparte de los conocimientos técnicos que me aportó, aprendí mucho de su gran humildad y humanidad, su manera de ser, su filosofía de la vida y su manera tan peculiar de relacionarse con los demás, fuese quién fuese. Jamás le vi un gesto de prepotencia, de soberbia ni nada que se le pareciese.

Me permitió filmarle en video realizando sus ejercicios y formas, algo que guardaré como un tesoro en mi videoteca particular. Espero poder volver a verle algún día. Gracias por todo, Maestro Tian.....
Capitulo 11


El refugio del alma...


Muchas horas de reflexión profunda, unidas a un cúmulo de experiencias a todos los niveles, me llevaron a la imperiosa necesidad de encontrar un momento de verdadero aislamiento y soledad, en la que poder meditar sobre todo ello. Sentía esa imperiosa llamada desde mi interior, desde el mismo día en que visitamos por primera vez la pagoda del pequeño templo de la montaña. De alguna manera, este pequeño lugar había despertado algo profundo en mí y me había atrapado en él.

Y ahora, creía que había llegado la hora o el momento, de dar un paso significativo hacia mi interior. Era el momento de despertar algo que llevaba muy en mi alma. Algo que, posiblemente, podría producir un profundo cambio en mi como persona, pero que no me asustaba afrontar, porque intuía que era para bien. Era un punto de inflexión en mi vida, quizás un retorno a mis verdaderas raíces espirituales, y un punto, donde encontraría respuestas.....

Decidí ir caminando, ya que la distancia desde la ciudad no me parecía excesiva, como para no poder hacerlo. Sería al mismo tiempo, una excelente forma de calmar mi mente, mientras paseaba. Dejé a los demás del grupo, en el hotel, justo después del almuerzo, y sin decirles nada, me encaminé hacia la montaña. Para ello tenía que atravesar media ciudad, pero eso me suponía un agradable paseo. No pensaba en la distancia que tenía por delante, que a lo sumo podían ser unos siete u ocho kilómetros, sino que ponía mi mente en todo lo que me rodeaba a cada instante. Además, no tenía prisa alguna por llegar, ni horarios ni tiempos que cumplir.

Recordaba sin dificultad el camino a seguir; siempre se me ha dado muy bien la orientación, hasta tal punto que siempre recuerdo los lugares donde he estado, aunque solo sea una vez. Los puedo volver a encontrar sin dificultad alguna. Jamás me he perdido en ninguna ciudad grande, y no me iba a perder ahora aquí. En cualquier caso, no era una idea que vagara por mi mente. Atravesaba las amplias avenidas y calles de Dengfeng con paso tranquilo, saboreando cada momento. Alguna gente del lugar me miraba con notoria curiosidad. No era muy habitual ver a un extranjero por las calles de esta ciudad. Yo me sentía, de alguna manera extraño, entre tanta gente tan distinta, en apariencia, a mí. Otro idioma, que desconocía bastante, otra cultura, que aunque no me era del todo ajena, si era distinta a la mía. Todo era distinto, diferente en su manera de vivirlo, no en su esencia. Y esa sensación no hacía más que incrementar mi interés por todo lo que me rodeaba. Mis instintos estaban a flor de piel. Entré en un par de pequeñas tiendas y grandes establecimientos para comprar agua, y algún helado, aunque la razón verdadera era la simple curiosidad y mi deseo de entablar conversación con los lugareños.

En apenas cuarenta minutos ya estaba en las afueras de la ciudad, caminando por la ribera del río que atravesaba de norte a sur la pequeña urbe. Hacía mucho calor, aunque era soportable. Me crucé con uno de esos pequeños cacharros motorizados que hacían de taxis, y el conductor me preguntó si me llevaba. Estuve tentado de aceptar, pero algo en mi interior me empujaba a seguir caminando. Tenía que ir a pie. Simplemente debía ser así. Le contesté que no gracias, con mi limitado chino, y el hombre se entusiasmó tanto que me siguió un buen trecho, hablándome como si yo le entendiera perfectamente. Yo me reía un montón y el hacía lo propio. Al final logré decirle, o hacerle entender que ahora no le necesitaba, que quizás a la vuelta. No sé lo que debió entender exactamente, pero se paró en una de las casas que había a pie de carretera y me saludó efusivamente. Casi una hora más tarde había alcanzado la entrada al templo. Los vigilantes del puesto de control de la carretera de acceso me recordaban perfectamente y me saludaron amistosamente.. La entrada al recinto, creo recordar que costaba unos 10 Yuan. Siempre guardo las entradas de los lugares que visito (y no sé muy bien porqué), y luego pude comprobar la numeración correlativa con las entradas de hacía una semana atrás. Eso significaba que nadie después de nosotros había visitado el lugar. El encargado de las visitas al templo me estaba esperando. Supongo que los otros le pusieron sobre aviso de que iba a llegar alguien. Fue muy amable, ya que no me molestó en ningún momento durante mi permanencia en el sitio.

Como la vez anterior, el interior del recinto del templo estaba totalmente tranquilo y silencioso. Yo era el único visitante en esos momentos. En un primer instante, no sabía exactamente a donde dirigirme, ni lo que quería hacer. Me acerqué a observar detenidamente la gran estructura de la pagoda. Parecía bastante nueva y bien conservada, a pesar de su antigüedad. Detrás de la misma se hallaba la sala con el Buda. Me dirigí hacia allí. Tampoco había nadie. Cogí tres varillas de incienso que había sobre un montón, y las encendí en una de las velas del pequeño altar. Seguidamente, las ofrecí, de corazón a Buda, colocándolas en un recipiente especial para tal efecto. Hice las tres reverencias preceptivas y di las gracias por permitirme estar allí.

Finalmente me senté a un lado de la puerta de entrada, justo junto al tronco de un gran y vetusto árbol, que me proporcionaba una fresca y agradable sombra. Las vistas eran espléndidas. Delante de mis ojos tenía los jardines rodeando la base de la gran pagoda. A lo lejos, podía vislumbrar parte de la ciudad. A mi derecha, una escarpada ladera poblada densamente por viejos pinos y otra vegetación, mientras que a mi izquierda, y entre las ramas, podía ver otra parte de la majestuosa montaña. Me sentía extrañamente eufórico y tranquilo a la vez. El aire era limpio, sin el más leve atisbo de contaminación. Tenía la impresión de que revoloteaba a mi alrededor, envolviéndome con su suave y cálida brisa.

Me percaté entonces de las enormes hormigas que caminaban por el suelo a mi alrededor. ¡Vaya!... Si alguna de ellas se me subía encima, me llevaría un buen susto. Tenían un aspecto impresionante de verdad, calculo que medían unos tres centímetros. Seguro que no picaban, sino que mordían directamente, y a lo mejor hasta sabían “Kung-fu hormiguero!...”. Me sonreí con mis propios pensamientos en broma, pero lo cierto, es que nunca había visto algo así. Afortunadamente, ninguna se aventuró a subirse por mis zapatillas, cosa que agradecí bastante. Parecía que pasaban de mi, e iban a lo suyo. Claro, es que eran hormigas chinas!...



Cerré los ojos, tratando de ver mi entorno con los ojos de mi mente. Nada cambiaba; La misma sensación de paz y tranquilidad me envolvía. Este lugar era un auténtico refugio para mi alma y mis sentidos. Era como si sintiese que yo ya estaba allí, antes siquiera de que realmente hubiese llegado. De alguna manera extraña, me parecía que siempre había estado allí, formando parte de todo cuanto me rodeaba. Y esa unión de mi cuerpo físico, mi mente y mi espíritu con ese entorno, logró ese estado de armonía tan especial, que no puede ser transmitido con palabras. Un estado que realmente trasciende lo puramente físico y mental, que eleva la conciencia a planos más elevados, donde tienen lugar todas las sensaciones a la vez. Y al mismo tiempo, te permite disfrutar de cada situación, de cada instante, de cada molécula temporal de manera individual.....

Y mi mente se evaporó, se perdió en el insondable abismo de mi interior, en busca de respuestas....




Respuestas ....




Y de repente, la sensación de unirme en un solo ser, en un solo Yo absoluto e inabarcable, me inundó cada poro de mi piel, con la impresión de haberme encontrado con una parte de mi que me faltaba. Al mismo tiempo, era la sensación de romper con algunas cadenas que me mantenían atado a otra realidad subjetiva. Había roto el cristal, a través del que siempre había estado mirando el mundo y la vida, y que en ocasiones no me dejaba ver la realidad impermanente de las cosas, porque, en verdad lo que estaba mirando era el cristal, y no lo que había detrás. Fue como abrir una nueva ventana a mi alma, a mi conciencia, y por ella veía las cosas de otra manera.

Con meridiana claridad comprendía conceptos que antes solo intuía. Comprendí que un secreto estaba en el control conciente de las pasiones. En el control de mi mente. Cuando consigues no enfadarte, ni sentir apego, ni envidia, ni celos, ni vanidad, cuando destruyes tu orgullo, tu avaricia, y te deshaces de las emociones negativas, entonces solo queda paz y alegría. El camino hacia la felicidad. Y no importa en el estado en que te encuentres. Tendrás una sonrisa que sale del alma. Es un estado de iluminación, que alguna gente puede percibir en ti, aunque no sabe explicarlo. Y ese estado de armonía se apoderó, durante fugaces instantes de todo mi ser, encendiendo en mi interior una poderosa llama....





Cuando nos invade una impresión de estancamiento y de confusión,
Lo mejor es distanciarse otra vez,
Concederse el tiempo de reflexionar y de recordar el objetivo de conjunto:
¿Qué es lo que nos hará verdaderamente felices?
A continuación, debemos reformular nuestras prioridades sobre esta base.





Tuve una visión, o un sueño, aunque estaba seguro de no estar dormido, en el que me veía entrando en la sala de un templo, lleno de estatuas y figuras de Buda, apenas iluminada por unos tenues rayos de sol, que se colaban por unas vetustas ventanas cubiertas de tela. En el centro de la estancia, había un anciano monje, sentado sobre un amplio sillón. Al entrar hice una reverencia, y me acerqué para entregarle un sobre lacrado, dirigido a él, que me había dado mi propio Maestro, a modo de recomendación. Luego, me senté ante él en el suelo, a cierta distancia, sin decir nada. El anciano Maestro abrió el sobre y sacó la carta sin mediar palabra alguna. La estuvo observando y levantó la mirada hacia mí. Una mirada profunda, serena y cristalina me traspasó por un momento, y luego volvió a posarse en la carta. Durante un largo rato, volvió a repetir el mismo gesto, una y otra vez: miraba el papel y, luego, alzaba la vista para observarme. Comencé a sentirme algo nervioso e incómodo. Sentía miedo de que no me aceptara o que me reprendiera por algo. Quizá se trataba de una prueba, y yo no era capaz de superarla. Aun así, permanecí tranquilo y callado, aunque algo expectante, mientras el anciano Monje leía la carta. Al cabo de un rato, entornó algo los ojos y me devolvió el pliego de papel con una ligera sonrisa. Lo tomé y, sin poderlo evitar, lo miré: era un papel en blanco en el que solo había un pequeño sello de tinta roja. No había nada escrito. Algo me sobrecogió por dentro; durante todo este tiempo, el anciano Maestro no había estado leyendo nada. Viendo mi estupor, me dijo: “Tu eres como yo. Somos en realidad la misma cosa. Trata de ser feliz. Si tu lo eres, yo también lo seré”....






A medida que penetramos por nuestra propia voluntad
En cada zona de miedo,
Cada zona de debilidad y de inseguridad en nosotros mismos,
Descubrimos que sus muros están hechos de mentiras,
De viejas imágenes de nosotros mismos,
De miedos muy antiguos y de falsas ideas de qué es puro
Y de qué no lo es.





Un ligero ruido a mi izquierda me hizo abrir los ojos. Una pequeña ardilla se había acercado hasta escasos veinte centímetros de mis pies y me miraba fijamente. No me atrevía casi a moverme, para no asustarla. Pero esta, lejos de mostrarme miedo, se me subió a la zapatilla. Me aventuré a extender ligeramente mis dedos en su dirección, seguro de que saldría corriendo. Para mi creciente asombro, comenzó a olisquear mis dedos y acto seguido se subió a mi mano. Me miraba fijamente con sus ojillos redondos, moviendo sus largos bigotes, mientras emitía unos chirridos, como si estuviera hablándome... ¡Me costaba creerlo! No puedo describir esa sensación con palabras. Apenas unos momentos después salió corriendo y se perdió entre unos matorrales, fuera del alcance de mi vista. El breve encuentro con ese pequeño y escurridizo animal, me hizo comprender y sentir muchas cosas, que de repente llenaron de luz, zonas en sombras sin respuestas, que habitaban en mi mente. Mi serenidad y tranquilidad de espíritu habían sido captadas por el animal, que seguro, como todos los animales, poseía un elevado sentido de la percepción energética.

Esta cuestión fue el hilo conductor de mis pensamientos, que me llevaron a la primera pregunta que me plantee analizar: ¿qué me había llevado a estar finalmente aquí sentado, a miles de kilómetros de mi lugar de origen?... ¿cuáles eran las profundas razones de mi enorme interés por este país y su cultura?... ¿Porqué había elegido Shaolin, si es que lo había elegido?.... ¿Quién era yo y cuál era mi propósito en la vida?... ¿qué estaba buscando?..... Pero sobretodo, la pregunta raíz: ¿Quién era Yo?....





Intentando negar que todo cambia constantemente,
Perdemos el sentido del carácter sagrado de la vida.
Tendemos a olvidar que formamos parte indivisible
Del orden natural de las cosas.




De alguna manera, era como si mi vida se detuviese en algún lugar del camino, un lugar atemporal, sin perturbaciones, y mi conciencia despertara a una nueva realidad. Podía pensar con una claridad sobrecogedora, sin que me asaltaran las constantes imágenes de acontecimientos y palabras, que normalmente vagan por nuestra mente, y que no hacían más que crear confusión interior. Todos los pensamientos fluían por mi mente de manera ordenada, creando conceptos, ideas y respuestas fácilmente comprensibles. Tenía respuestas que mi mente racional y analítica, podía comprender de manera clara y concisa.

Y todo esto me estaba conduciendo irremediablemente a un plano mucho más trascendental, donde lo puramente físico, lo racional, carecía de importancia. Estaba descubriendo y comprendiendo la naturaleza íntima de las cosas, sin la intervención de la mente racional. Entendía que la impermanencia de las cosas, de todas las cosas, era el camino que conducía a la verdad pura. ¿era eso la verdad?... Esta claridad de pensamiento, ¿era esto un estado de iluminación? Cada respuesta, por muy clarificadora que fuera, me llevaba siempre a otra pregunta. Ese proceso se hacía interminable. Y cada vez era más intenso y rápido, más complejo y enriquecedor, aunque mi mente limitada, no era capaz de asimilar todo eso.

De repente, todo ese proceso mental se detuvo, se diluyó en mi espacio interior y pasé a ser un mero observador de todo lo que sucedía interiormente. Ese algo superior a tu propia mente, tomó conciencia del todo...... Y eso supuso una liberación extraordinaria.....

Buscar la verdad absoluta era como pretender alcanzar el horizonte. Siempre estaría lejos. No era esa la verdad. Era solo una imagen mental, un concepto subjetivo. La verdad es tan simple, que la tenía delante de mi, detrás, a mi lado, estaba sentado sobre ella, y al mismo tiempo me envolvía con su invisible manto; constituía mi aliento, y al mismo tiempo, era siempre inalcanzable. Si quería atraparla en mi pensamiento, desaparecía, era otra cosa. Corría a mi alrededor en forma de hormiga, o caía al suelo como una hoja mecida por la brisa. La verdad, era mis dedos jugando con una simple brizna de hierba. La verdad es ese instante momentáneo de felicidad. Pero también lo es la búsqueda de esa felicidad. En definitiva, la verdad pura y última de las cosas, es su existencia en si misma, es tan simple y complejo a la vez. La verdad es la vida misma.

La verdad pura, la respuesta última, vendría cuando el proceso mental de la búsqueda se detuviera, en un espacio interior, como al que había llegado mi mente aquí, en este momento. Y esa verdad es como un relámpago, que solo existe en el momento preciso en que se manifiesta. Todo lo demás, serán conjeturas ‘acerca’ del fenómeno, acerca de la verdad. Y cada relámpago es único e irrepetible. No existen dos iguales. La vida es lo mismo, cada instante es único e irrepetible. Solo hay que despertar la capacidad de poder verlo, ... Y disfrutar de ello. Hay que despertar esa conciencia y aprender a mirar y vivir de otra manera. Pero si solo prestamos atención al trueno que sigue siempre al relámpago, nuestra experiencia será muy pobre y carente de todo progreso. En definitiva, la verdad podía consistir simplemente en comprender la naturaleza íntima de las cosas. Y ese proceso de comprensión, requería necesariamente un camino de interiorización espiritual, un estado, en el que quizás yo me encontraba ahora, y que no era, ni mucho menos, la meta, el final. Y aún así, en posteriores ocasiones, me preguntaba, si esa comprensión, ese conocimiento o ese despertar, era realmente tan valioso como yo lo sentía y entendía....

Me encontraba allí sentado, viendo, sintiendo el suave e incesante discurrir de la vida a mi alrededor. Las hormigas que caminaban junto a mi pie, tenían el mismo valor que yo mismo; mi racionalidad no me hacía ser superior en nada. No eran ni más importantes, ni menos. Formaban parte de la vida, de la existencia. Eran la vida misma, igual que yo. Me veía como una parte infinitesimal del universo, pero ahí estaba. Y al mismo tiempo, yo mismo era todo el universo. Mi existencia era importante para el mundo, igual que el mundo lo era para mí. Ambas cosas eran en realidad una sola cosa. La unidad, la armonía entre todas las cosas, esa era la respuesta a mi pregunta sobre mi Yo absoluto.


Si supiéramos que esta tarde nos quedaremos ciegos,
Echaríamos una mirada nostálgica,
Una verdadera última mirada a cada brizna de hierba,
A cada formación de nubes, a cada mota de polvo,
A cada arco iris, a cada flor, a cada gota de lluvia, ... A todo.

Pema Chödrön




La pregunta del porqué y para qué, dejó de ser relevante desde ese mismo momento. Me había liberado momentáneamente de ese deseo, por otro lado natural, de querer saber acerca de la razón de las cosas. Era como cuando pelas una cebolla; quitas una capa tras otra, y al final del todo, no hay nada. El centro de la cebolla es la “no-cebolla”. Y sin embargo, solo puede existir, si existe su envoltura, la cebolla. Nuestra naturaleza íntima es igual, hay que quitarle cosas, hasta que no quede nada al final. Hay que pelar el “Yo”, hasta que no quede nada, hasta que solo exista el “No-Yo”. Esa ‘nada’ será la verdad....

Poco a poco fue floreciendo, madurando la idea de que, lo que constituía finalmente el objetivo de mi búsqueda, no era otra cosa que la disponibilidad del alma, de la conciencia. Una capacidad, un arte secreto que me permitía comprender en cualquier momento, en medio de la vorágine de la vida, la idea de la unidad, de la armonía.

Y esa vida era como un río compuesto por mí, por todas las personas que pasaron por mi vida. Y todas esas experiencias, las emociones, el dolor y sufrimiento, la alegría y el amor, formaban parte del río. Y toda esa agua que llevaba, fluía, sufría, lloraba, se reía, y se precipitaba hacia unas metas; muchas metas en realidad; lagos, cataratas, remansos, rápidos, el mar.... Y todas esas metas eran alcanzadas y superadas. A cada una le sucedía otra nueva, y el agua se evaporaba y subía hacia el cielo, convirtiéndose en lluvia, que se precipitaba al suelo, dando origen a fuentes, nacimientos, arroyos, ríos, que volvían a reanudar su curso hacia el mar... Así era la vida misma, y nosotros solo éramos una pequeña parte de ella.

Estaba tan absorto en mis pensamientos, que apenas me percaté de la presencia de mi pequeña amiga, la ardilla, que había regresado junto a mí. Era sin duda alguna la misma, salvo que en esta ocasión portaba algo en su boca. Era una nuez. Se acercó aún más a mi, hasta quedar al alcance de mi mano. Traté de establecer una comunicación con el animal, porque estaba seguro que me entendía. Y para ello no necesitaba palabras. Para mi sorpresa, la pequeña ardilla dejó caer la nuez que llevaba, delante de mis pies, y se retiró algunos pasos. Pensé que se había asustado de mí al extender mi mano hacia ella, o que quería establecer algún tipo de juego conmigo. Permaneció durante unos instantes a la expectativa, observándome con sus vivos ojillos redondos, mientras se alzaba sobre sus patas traseras. Poco después, volvió a acercarse, emitiendo unos graciosos chirridos, y tomó de nuevo la nuez en su boca. Acto seguido se subió a mis pies y dejó caer el fruto en mi mano, aún extendida. ¡Me quedé helado!

Un intenso escalofrío recorrió toda mi espalda, y me llegó a lo más profundo de mi ser, estallando allí como un globo de millones de diminutas burbujas. La intensa felicidad y emoción que me inundó el alma, el corazón y toda mi existencia, me hizo llorar. Pero lloraba de alegría. Este pequeño roedor me ofrecía un fruto, que seguramente había ido a recoger expresamente a algún lado. Este gesto era sin duda de ofrecimiento hacia mí. Acepté ese valioso obsequio con enorme gratitud, mientras con la mano acariciaba suavemente la cabeza de mi pequeña amiga. Creo, sin lugar a dudas, que este es el mejor regalo que jamás nadie me ha ofrecido. No necesito ni quiero comprender la razón de esto. Simplemente fue así. La pequeña ardilla se quedó un buen rato jugueteando por allí, e incluso se atrevió a subirse a mi hombro y cabeza. Luego se marchó igual que apareció. Fue una de las mejores experiencias de mi vida, por la que había valido la pena venir hasta aquí....

La naturaleza me había regalado este momento tan grande, tan lleno de significado y sabiduría. Tan inexplicable, a los ojos de los que no quieren ver, cegados por su propia esencia egoísta de supremacía. Fue un verdadero instante de felicidad, un reluciente y poderoso relámpago, con una intensidad inusitada, que iluminó por completo todos los rincones de mi ser. Había ‘despertado’ ....





La verdadera espiritualidad consiste también
en ser consciente del hecho de que,
Si una relación de interdependencia nos liga a cada cosa y a cada ser,
El menor de nuestros pensamientos, palabras o acciones
Tendrá repercusiones reales en el universo entero.

Sogyal Rinpotché




Me quedé allí, sentado, simplemente contemplando todo lo que me rodeaba, sin que mi mente racional interviniera de alguna forma. Los pensamientos comenzaron a acudir a mi de manera ordenada, tranquila y con una lucidez antes desconocida por mi. Empezaba a comprender la trayectoria que, muchos años atrás, me había llevado a emprender este viaje, y que finalmente me había conducido a Shaolin, y como consecuencia última, hacia mí mismo. De alguna manera, había sido un largo viaje, iniciado treinta años atrás, y que me había conducido hacia mi propio interior. Había llegado al final de una etapa de mi vida, y a partir de aquí, muchas cosas serían diferentes. Y no porque las cosas hubiesen cambiado, no. Fuera de mi, todo seguía igual. Era mi manera de verlo, lo que había cambiado. No era ni mucho menos mi meta lo que había alcanzado. Hacía tiempo que había prescindido el alcanzar horizonte alguno. Y el camino no había sido fácil; todo lo contrario. Han sido necesarios muchos momentos de frustración, sufrimiento y dolor, para llegar hasta aquí. Y Shaolin, el Kung-fu, el Taiji, las experiencias, mis Maestros, amigos, familiares y alumnos, y hasta yo mismo, habíamos sido meros vehículos de aprendizaje, sin los cuales, no existiría este preciso momento de liberación.

Llegué a la conclusión, de que no existen los Maestros, tal y como los entendemos en occidente, sino que somos nosotros mismos, los que con nuestra capacidad de comprensión y asimilación les damos forma existencial. El Maestro solo existe para sí mismo, y para los que son capaces de aprender de él, sin que este enseñe nada.

Sin duda habían transcurrido algunas horas desde que me senté en este plácido rincón del pequeño templo. Un punzante dolor en mi rodilla lesionada, me devolvió a un estado de conciencia más ‘terrenal’. Y fue en ese momento, cuando me di cuenta de que ya no estaba solo, aunque en esta ocasión no se trataba de mi pequeña amiga, la ardilla. Había un anciano monje arreglando algo en un pequeño huerto de uno de los patios. Su indumentaria no dejaba lugar a dudas, era un monje. No podría precisar el tiempo que llevaba ahí, trabajando en la tierra, pues parecía no emitir sonido alguno. En cualquier caso no me había molestado en absoluto. Decidí levantarme y presentar mis respetos. Cuando me vio ponerme de pie y dirigirme hacia él, me saludó con el gesto de su mano. Me acerqué a él y le saludé con el tradicional gesto budista, a lo que sin sorprenderse lo más mínimo, respondió de igual manera. Presentándome con mi nombre chino, traté de entablar una conversación con el monje, y para mi propia sorpresa, no me fue muy complicado; las palabras parecían salir por si mismas, como si yo fuese en parte un mero oyente de lo que decía. Averigüé su nombre y ocupación, que no era otra que la de cuidar del lugar en el que vivía desde hacía más de veinticinco años. A pesar de que parecíamos entendernos perfectamente, o al menos con cierta fluidez, eché de menos a Yan, para que me tradujera algunas cosas de las que me decía.

Intuía que este anciano poseía mucha información sobre Shaolin y este lugar, lo que me interesaba bastante. A pesar de la dificultad del idioma, parecía que, de alguna manera, existía una comunicación no verbal que nos permitía conectar y entendernos lo suficiente. Esta curiosa impresión ya la experimenté en una ocasión, mientras mantuve una profunda y distendida conversación con el gran Maestro Shaolin, Shi Xing Hong, durante un almuerzo, con motivo de su estancia en mi escuela para dirigir un curso.

El anciano monje con el que estaba hablando, se llamaba Shi Youn Shou, (no estoy del todo seguro) y vivía en este lugar desde hacía 25 años. Se encargaba de cuidar el pequeño templo, sus jardines y el pequeño huerto. Es lo que pude comprender de nuestra charla, siempre en un tono amable y distendido. Le hice comprender que yo practicaba Kung-fu Shaolin, y el me contestó que lo sabía. También él lo practicaba desde niño. Me hacía referencias a que ya nos había visto antes, cuando estuvimos aquí, hace una semana para hacer las fotos. Y yo también tenía la vaga impresión de haberle visto antes, pero no recordaba donde ni cuando....

Debía de tener unos setenta o setenta y cinco años, pero se le veía muy fuerte. Su rostro, curtido por el sol, dejaba ver las arrugas del tiempo, pero aun así, parecía emitir una extraña y reconfortante paz y tranquilidad. Sus ojos brillaban con la serenidad de una profunda sabiduría. En cierto momento, me comentó que si yo era monje Shaolin, una pregunta que no lograba entender del todo. Él insistía, hasta que me di cuenta que no me lo preguntaba; ¡Lo estaba afirmando!....creía que yo era un monje! Repetía varias veces la palabra “foo”, que significa Buda en chino, mientras me señalaba. Me reí, y le traté de hacer comprender que no. Pero él me indicaba, señalándome el pecho, que lo era ‘dentro’, en el corazón. No lograba entenderlo del todo, o más bien, no quería entenderlo del todo. Yo no era monje, ni mucho menos un Buda.... Aunque si he de ser sincero, esa afirmación tan insistente, me dio mucho que pensar.

Nuestra conversación llegó al tema Shaolin y el Kung-fu. Yo le comentaba que practicaba Kung-fu desde hacía casi 30 años, pero que ahora estaba lesionado. Aún así, le esbocé ligeramente movimientos de algunas de las formas más importantes de Shaolin, que reconoció al instante. No sabría decir quien mostraba más entusiasmo de los dos, pero el hombre, en un momento dado, me realizó dos formas, que me dejaron con la boca abierta. Aunque sus movimientos ya no tenían la agilidad de la juventud, eran poderosos y muy precisos. Se notaba que eran formas antiguas, que desarrollaban el trabajo interior de manera claramente visible. Ya quisiéramos muchos de nosotros trabajar a ese nivel, teniendo en cuenta la edad de este hombre. Aun así, se mostraba en todo momento humilde, queriendo compartir, que no mostrar sus conocimientos. En nuestro país sería un auténtico fenómeno, un Maestro de Maestros, pero seguro que no sería feliz. Aquí debía tener todo lo que necesitaba para vivir en paz. Me di cuenta la de cosas superfluas que tenemos en nuestra sociedad....

Yo estaba entusiasmado con la amabilidad y los conocimientos de este anciano monje, y de buena gana me hubiese quedado allí horas, días enteros escuchándole. Aprendí muchas cosas de este verdadero Maestro. Pero el día estaba tocando su ocaso, y muy a pesar mío, tenía que regresar a Dengfeng, así que nos despedimos, a pesar de todo, de muy buen agrado, sabiendo que el tiempo había sido aprovechado plenamente. No sentía tristeza, ni nada parecido, a pesar de que, como ya dije antes, me hubiese gustado quedarme aquí. Al contrario, en mi corazón llevaba un equipaje de alegría, de conocimiento y serenidad de espíritu. Dije adiós a mi pequeña amiga, la ardillita, que aunque no estaba a la vista, intuía que me estaba observando desde algún lugar. Mi profundo agradecimiento también iba para ella. Conmigo, en algún rincón de mi corazón, llevaba una pequeña parte de este lugar, que me había llenado tanto. Pero también sabía que algo de mi, se quedaba para siempre en este pequeño refugio de mi alma, donde me había desprendido de parte de mi mismo. Quizás esa parte desde siempre perteneció a este lugar, a esta tierra....





Cada etapa es un avance considerable hacia la plenitud
Y la satisfacción profunda.
Todo viaje espiritual es como ir de valle en valle:
La travesía de cada uno de sus pasos
Nos revela un paisaje aún más esplendoroso que el anterior.



De alguna manera, había comenzado otra nueva etapa de mi vida. Eso significaba que tendría que vivir un tiempo de readaptación, hasta que aprendiera a encajar mis pensamientos y sentimientos con mi habitual entorno social. No era fácil adaptar mi forma de pensar, a la sociedad occidental en la que habitualmente me desenvolvía. Estaba por ver como afectaría todo esto en mi posterior relación con los demás. Con Toñi, mi querida compañera no había problema alguno, pues ella compartía en gran parte mis pensamientos. Era, de alguna forma, mi alma gemela. Pero con todos los demás, ya era otra cosa ....

Comprender el mecanismo del devenir de las cosas de la vida, es una cosa, pero llevarlas a la práctica, es otra bien diferente, y bastante más complicada. El vivir día a día, con plena conciencia, se convertía en mi camino espiritual, en mi acercamiento a Buda, a mi mismo. Ese era el trabajo por realizar de aquí en adelante. Nada había cambiado, ... Pero todo era distinto.

Sabía que, nada de lo sucedido aquí, en este pequeño templo, me lo iba a poder llevar de alguna manera, que no fuese como una extraordinaria experiencia. Había sido como un chasquido de los dedos, ¡Zás!... Se produjo en un instante, y luego .... Nada, el silencio, otra cosa, otro chasquido, un recuerdo. Y así eran las cosas. Así es la vida. Así es el río....






La experiencia de la realidad, del despertar o de lo divino,
No es auténtica más que en la medida en que ilumina cada instante.




Emprendí el camino de vuelta, con la misma tranquilidad y serenidad de espíritu que cuando llegué aquí. Quizás me sentía algo abatido, triste quizás, por tener que abandonar este lugar. En mi interior nació el sentimiento de querer compartir esta experiencia con las personas queridas por mi. Pero eso era imposible; ni siquiera al contarlo podía trasmitir lo que había sentido. Pensé que debía escribir sobre ello cuando llegara de vuelta a casa. Sería como un regalo a los demás; como un regalo de mi corazón. Y no me importaba si lo iban a apreciar o no. Ni siquiera si lo comprenderían o no. Pero quizás, al leerlo, alguno podría abrir una ventana hacia su interior, y ver el camino de la verdad, de la felicidad, tal y como yo he visto el mío. Con eso me bastaba....

Apenas había caminado unos diez minutos, cuando me encontré con el señor del motocarro, que no se si es que me había estado esperando, o es que se encontraba allí por casualidad. Decidí que, ya que estaba allí, sería bueno que me acercara a la carretera que llevaba a la escuela. Luego me di cuenta que ya era bastante tarde, y que mis alumnos habrían terminado sus entrenamientos del día. Aún así, subí al cacharro este, y tras indicarle al conductor adonde quería ir, nos dirigimos cuesta abajo por la estrecha carretera, a una velocidad, creo que excesiva. Eso pensaba yo, algo ’acojonado’, metido en ese pequeño cajón metálico, que hacía de habitáculo de pasajeros, y que no tenía ni puertas. Aquello parecía una carrera en una batidora! Este hombre dejaría en ridículo al mismísimo Ángel Nieto en sus mejores tiempos! Pasado el miedo inicial, el resto del trayecto fue hasta divertido, porque el conductor, encima se reía a carcajadas, y yo le animaba aun más. Finalmente llegamos sanos y salvos al cruce de calles del centro, donde me bajé. El conductor me pidió 5 Yuanes, pero me pareció correcto darle 15, que viene a ser 1,50 €. El hombre se mostró muy contento y me dio las gracias un montón de veces.



Del centro de Dengfeng hasta el hotel, no había más de quince minutos andando. Podía haber ido en el motocarro, pero me apetecía caminar y seguir reflexionando. No tenía prisa alguna. Me encontré con la furgoneta de la escuela, cuyo conductor comenzó a tocar el claxon para saludarme. Finalmente paró, y me preguntó si me llevaba al hotel. Le contesté que no, gracias. Me preguntó que donde había estado, pues no me había visto con el grupo. Traté de explicarle que había ido caminando hasta el pequeño templo de la montaña, lo que le sorprendió mucho. No entendía su entusiasmo; Debió parecerle una hazaña o algo así. Me felicitó efusivamente, incluso. Estos chinos ! .... Finalmente se marchó con su furgoneta, con la música del “Fari” en chino a todo volumen, y riéndose a carcajadas.

Capitulo 10

Capitulo 10



La pagoda del Templo Songyue


Teníamos esa tarde libre, así que le dije a Yan que deseábamos visitar la gran pagoda que se divisaba a lo lejos, en medio de un gran bosque en una ladera del monte Songshan. Todos los días, en el trayecto hacia la escuela, la veíamos, y teníamos interés en visitarla. Pensé que era una excelente ocasión de hacer unas buenas fotos con los miembros del equipo. Por otro lado, me interesaba mucho la parte histórica del lugar, porque según mis datos, era una de las pagodas budistas más antiguas de China.

Un coche privado del hotel nos recogió y nos trasladó en apenas veinte minutos hasta esa pagoda. Estaba enclavada en pleno bosque, y la carretera que llevaba hasta ella, estaba en bastante mal estado. Formaba parte de los lugares de interés turísticos de Dengfeng, aunque, por lo que pude apreciar, muy poca gente de desplazaba hasta ese lugar, algo apartado en la montaña. Tuvimos que adquirir las entradas en un pequeño puesto de control que había junto a la carretera. Nuestros chicos iban vestidos con el traje naranja de Shaolin, lo que llamó la atención a los guardas, que nos miraban con descarada curiosidad. Seguimos el tortuoso camino hasta encontrarnos ante las puertas del recinto, que estaban cerradas con una valla. Un guardia nos facilitó la entrada, mientras que el chófer se quedó en el coche. Éramos los únicos visitantes del lugar, y a juzgar por ciertas lustrosas telarañas, también los únicos en mucho tiempo.

El lugar era realmente fascinante; reinaba un silencio casi absoluto, solo roto por el murmullo del arroyo cercano y la suave brisa de los árboles. Los pájaros se dejaban oír, posados entre sus abundantes ramas. El recinto era muy pequeño, rodeado por un muro rojizo, idéntico al de Shaolin, y estaba escalonado en tres partes, siguiendo la orografía del terreno, ligeramente en pendiente. Un anciano monje estaba cuidando los jardines. Aparte de la gran pagoda, también había tres pequeños edificios al fondo del recinto, cuyo perímetro podía abarcar de un solo vistazo. El edificio del centro era una sala d oraciones, con un pequeño Buda de madera tallada, sobre un modesto altar. El lugar era en realidad un pequeño templo, en cuyo centro se erigía la gran pagoda. Todo estaba rodeado de una densa vegetación, mientras que a espaldas del lugar podía observar las escarpadas y majestuosas laderas del monte Songshan. La palabra que mejor describe la sensación que percibía era, sin lugar a dudas, paz. Era un lugar que me invitaba a quedarme, que ejercía una extraña atracción sobre mi...

Iniciamos la sesión de fotos, en las que cada uno adoptaba diferentes posturas y técnicas características del estilo Shaolin. También aproveché para grabar en video las formas aprendidas días atrás. No salió muy bien por los errores y equivocaciones que cometían en su ejecución. Por otro lado, busqué diferentes ángulos para fotografiar el lugar, tratando de captar con mi cámara, lo que ese pequeño templo me transmitía. Tarea harto difícil puesto que,¿cómo captas el silencio?....¿Y de que manera fotografías las suaves fragancias y olores a naturaleza del lugar?....¿Cómo lograr plasmar en una foto, siquiera una sola de las sensaciones que yo percibía?.... Era el silencio, salpicado sabiamente y en perfecta armonía, de sonidos tenues de la naturaleza. Era la tranquilidad del lugar, la soledad y el relativo aislamiento. Era su mágico y poderoso entorno. La naturaleza viva. Era un todo, en perfecta armonía....

Mientras los demás se dedicaban a hacerse más fotos, yo tuve la ocasión de sentarme un rato tranquilamente a meditar. Tenía la sensación, casi la certeza de no querer volver a mi país.....

Mi mente y mi alma, se diluyeron en ese lugar, y me sentía parte de un todo, mientras una embriagadora sensación de felicidad me iba llenando por momentos....
Trataba en vano de buscar palabras para encauzar y describir tan maravillosas experiencias y sensaciones, pero en mi mente, desaparecían como tragadas por un espacio insondable, donde esas palabras se convertían en infinitesimales partes, casi imperceptibles, de mi intento de retenerlas.





La felicidad es el resultado de una maduración interior.
Solo depende de nosotros, al precio de un trabajo paciente,
Proseguido de día a día.
La felicidad se construye, lo cual exige trabajo y tiempo.
A largo plazo, la felicidad y la desdicha son, pues,
Una manera de ser o un arte de vivir.



Dos horas más tarde, regresamos al hotel, aunque me prometí volver a aquel sitio. Había algo muy especial, que, como he dicho antes, no se describir y que me atraía con fuerza. Puede que fuesen todo un cúmulo de circunstancias, que junto a mi experiencia vivida semanas atrás en el templo Shaolin, me empujasen a sentirme tan atraído por este pequeño templo. De no haber tenido responsabilidades, de buena gana me hubiese gustado quedarme a vivir aquí.

Capitulo 9

Capitulo 9


Reflexiones ...... ¿Qué es realmente Shaolin?


Todo este asunto de los americanos, me había dado mucho en que pensar. Había muchas maneras de entender lo que significaba Shaolin, es más, cada cual lo entendía de una forma distinta, particular, y a pesar de todo, tenía alguna relación con el Templo y su arte. Hasta qué punto cada criterio se acercaba a la realidad, ahí estaba la diferencia. Esto me llevaba a pensar que cada individuo tenía su propia realidad...

Yo entendía Shaolin de una forma totalmente distinta a la que posiblemente entendían los americanos que conocí aquí. Incluso lo entendía de otra manera a la gente que conocía en España. Hasta mis alumnos tenían una percepción diferente, aunque más cercana, a la mía. Para mí, Shaolin significaba mucho más que un nombre, o un estilo, o un complejo sistema de combate. Mucho más que un conjunto histórico de viejos edificios, más que una leyenda o una historia, más que unos personajes calvos vestidos con túnicas naranja o amarillas.... Quizás no era nada de todo esto, pero al mismo tiempo, lo era todo en su conjunto.

Pero, ¿qué era entonces Shaolin? ..... Esta pregunta anidó con firmeza en mi mente, mientras trataba de encontrar una respuesta, o más bien las respuestas, porque intuía que podía haber muchas más de una. Era plenamente consciente de que mi verdad, mi visión de Shaolin, no era necesariamente la única verdad, ni la única manera de ver todo esto. En mis meditaciones comencé a indagar sobre esta pregunta, sobre la razón por la que la gente acudía a este sitio, o se sentía atraída por él. Y el proceso de meditación, descomponía mi pregunta inicial en muchas más. Las respuestas, estaba claro, no estaban en Shaolin, sino en mi manera de verlo. En la manera de verlo de todos y cada uno de los individuos que nos acercábamos hasta aquí.

Había gente que observando un río, veía el agua transcurrir silenciosamente. Eso era para ellos el río. Otros veían las piedras y arena del fondo, así como el tono verdoso del agua. Ese era su río. Otros se fijaban en la vegetación de las orillas, en los peces del agua, en los insectos, en el trazado sinuoso de su cauce. Y también ese era su río. Y están los que ven en el río un todo, un conjunto armónico, del que forman parte de alguna manera. Y ese será su río. Y esa era también mi idea del río....

Hay personas que solo ven en Shaolin, lo que quieren ver, y para ellos eso será Shaolin. Y es posible, que se pongan a discutir con otros que también han estado allí, o han leído acerca del tema, defendiendo ‘su verdad’ sobre Shaolin. Yo creo que hay que verlo todo en su conjunto, dejar que Shaolin entre en tu corazón, en tu alma, convertirlo en ti mismo y a partir de ahí, vivirlo y expresarlo con sinceridad. Eso es para mi Shaolin. Yo formo parte del Templo, y Shaolin es parte de mi.....

He llegado a la conclusión, aunque siempre susceptible de ser cambiada, de que la gente acude a Shaolin motivada por sus experiencias y conceptos anteriores. Es obviamente esa idea anterior de Shaolin lo que les empuja a venir aquí. Y esa idea o concepto puede ser bastante diferente en cada persona.

Algunos habrán visto a los monjes en exhibiciones de la televisión, o en directo, y esa es la imagen que tendrán de Shaolin: un grupo de monjes haciendo acrobacias y técnicas increíbles, con un dominio sorprendente y casi místico de su cuerpo y mente. Vendrán a Shaolin atraídos por esa ‘magia’ y por esa imagen, en muchos casos sobrecargada de fantasía. Posiblemente no queden defraudados al venir aquí, ya que es lo que se les mostrará. Si practican Artes marciales, que es lo más probable, se darán pronto cuenta de que ellos jamás podrán llegar, ni por asomo a ese nivel. Aún así, se irán contentos, con muchas fotos en sus cámaras, posando junto a grandes Maestros de Shaolin. Se habrán comprado algunos trajes naranja, y si son avispados y con cierto poder económico, utilizarán esas fotos en revistas especializadas o en sus escuelas, con el fin de darse publicidad. Creen que China está muy lejos, y que nadie jamás sabrá la verdadera naturaleza de esas fotos. Es una manera de aprovecharse de la renovada y notoria fama que ha adquirido el templo en los últimos años por todo el mundo. Es una forma de convertir a Shaolin en un Business, en un negocio redondo.

Recuerdo un personaje que me ‘vendió’ la idea de que él era un auténtico monje Shaolin (el único occidental), mostrándome una especie de certificado expedido en Shaolin. Un par de años más tarde, yo mismo poseía varios de estos certificados, que no eran otra cosa que un pequeño papelote de haber hecho un pequeño donativo al templo. Este señor se ha erigido como el único monje Shaolin occidental, y no hay quien le tosa...
Ostenta orgulloso el grado de 8º Dan en Shaolin Kung-fu, y sigue engañando a bobos e indocumentados, como yo mismo en aquella época.

Luego también están los que han leído mucho acerca de este lugar y del estilo que se enseña y practica. Llegan atraídos por ese misticismo y por la historia que refleja el origen de sus propios estilos de lucha. Quieren investigar en las raíces, y se encuentran con el Shaolin comercial, el Shaolin para turistas, con lo que quedan profundamente defraudados. Se verán confusos ante tanta diversidad de formas y estilos, casi tantos como Maestros. Habrán visto todo tipo de Wu-shu, pensando quizás que es Kung-fu, o que solamente hay Wu-shu, pero que no es lo que creían que era. No han sido capaces de ahondar en la búsqueda adecuada, ni han logrado ver más allá de lo superficial, de lo que se ve a simple vista. Probablemente vuelvan a sus países hablando mal de Shaolin y su Arte.

Otros llegan pensando en aprender en un par de semanas el mítico estilo de los monjes guerreros. Se inscriben en algún curso intensivo de los muchos que ofrecen las distintas escuelas, y donde se les enseñará Wu-shu de Shaolin. Si logran aguantar el ritmo y llegan al final, se marcharán a sus países creyendo que realmente conocen el Kung-fu de Shaolin. A lo sumo, habrán aprendido algunas formas y un puñado de combinaciones y ejercicios técnicos de Wu-shu. Estos se llevarán de aquí la misma imagen mental que traían. Vean lo que vean y hagan lo que hagan, su idea de Shaolin no se la cambia nadie. Su egocentrismo no les deja quitarse la venda de los ojos.

Los más ingenuos, llegan aquí y les venderán el “Kung-fu auténtico de Shaolin”, traje incluido, marchándose totalmente convencidos del desmesurado misticismo y los poderes sobrenaturales de algunos monjes.

Incluso existe la especie del exigente, que llega aquí y pretende que le enseñe poco menos que el Abad del templo, o tal o cual Gran Maestro o Monje guerrero. Cualquier otro, que no sea famoso o que no haya salido en algún libro o exhibición, no le valdrá. Y yo me pregunto en estos casos; Que nivel tiene para ser tan exigente? Si luego, cualquier chaval de los miles que hay por allí, le da cien vueltas en cualquier aspecto. Que más da que te enseñe un Instructor o un viejo Maestro, si la diferencia en realidad, la marca tu capacidad de aprender. Pero aquí se nota que alguno de estos, lo que busca realmente, es la venta de la posterior foto con el susodicho Maestro... ¡Ayyyy, pillín!....

Alguno de estos, (he conocido uno) exige entrenar en el propio templo, pensando quizás, que los muros de Shaolin guardan algún secreto o poderes especiales, que te son transferidos si entrenas allí. Y esto de entrenar aquí, dentro del propio templo es posible, claro,...solo tienes que pagar un extra, bastante elevado, por cierto. Y la enseñanza es un poco churro, pues ni de lejos te exigirán lo mismo que en una de las escuelas.

Pero una cosa que tienen en común casi todos ellos, salvo contados casos, es que poseen un nivel económico bastante holgado, o más que holgado, puesto que no es barato venir aquí. Cierto es que los precios se pueden negociar, pero aún así, vale una pasta. Ellos, los chinos de por aquí, saben que el que viene de fuera para aprender aquí, tiene dinero, así que aprietan todo lo posible. El precio promedio de un mes de estancia con las clases incluidas puede oscilar entre los 600 y los 1.200 dólares, dependiendo de varios factores, entre el que está tu conocimiento del arte del regateo.

Respecto a todo este tema que estoy describiendo, tengo una curiosa anécdota:

Ya de regreso en el avión, Dan me mostró una revista, en la que se publicaba un amplio reportaje acerca de Shaolin, escrito por un periodista (que dudo mucho que lo fuera) que estuvo un par de días por aquí. Este buen hombre, sin haber practicado en su vida ningún Arte Marcial, se inscribió en la escuela Tagou, con el objetivo de realizar un curso intensivo de dos semanas y publicar el resultado de la experiencia en la revista. Se rapó la cabeza y se presentó en primer día al entrenamiento vestido con el traje naranja, con lo que se convirtió al momento, en el objeto de cachondeo por parte de los chinos. Y no era para menos, pues una foto suya, mostraba un aspecto ciertamente cómico del autor. Describió aspectos del entrenamiento de los monjes, como si de ejercicios de tortura se tratara. Estaba claro que no tenía ni idea de lo que estaba viendo, ni lo que significaba aquí aprender Kung-fu, ni sabía lo que era un monje. Creo que le hubiese costado distinguirlo, aunque llevase un letrero en la espalda. Según su propio relato, estuvo dos horas entrenando, tras las cuales, se marchó al hotel, totalmente destrozado. Fue incapaz de levantarse por la tarde, debido a los dolores y agujetas que tenía, así que, asustado, decidió no volver al entrenamiento. Según él, era cosa de locos. Dejó una nota para el Maestro a modo de disculpa y se marchó de Dengfeng. Su nefasta experiencia la refleja en su artículo, como si todo el Kung-fu de Shaolin fuese lo mismo. Indicaba que todo era un verdadero engaño, y que no era en absoluto recomendable ir allí. ¡Te iban a romper las piernas y la cabeza!... Para justificar esos argumentos, aportaba fotos del entrenamiento. De pronto se había convertido en un experto crítico del tema, porque lo había sufrido en sus propias carnes, durante..... ¡dos interminables horas! Y finalizaba el articulo, ofreciendo varias direcciones de Inglaterra, de escuelas y asociaciones donde aprender “auténtico” Kung-fu. Curiosamente, me llamaba la atención que todas las direcciones eran de escuelas del estilo Wing Chun .... Sospechoso, ¿no?... Por cierto, que la revista no era de Artes Marciales, sino de temática relacionada con el Hip-Hop y otras tendencias musicales..... ¡hay que echarle huevos!
Curiosamente, ninguno de estos estereotipos que visitan Shaolin, logran resistirse a la tentación de hacerse la casi obligatoria foto a las puertas del templo, como fiel testimonio de que han estado allí. Yo mismo tengo varias fotos de ese momento, que en su día significó algo especial para mi, pero que ahora solo tiene cierto valor testimonial, sin mayor relevancia. También los hay que tienen fotos con las pirámides de Egipto al fondo. O los que posan junto a una estrella famosa del celuloide. Y algunos dirán, respecto a Shaolin, “Yo tengo una foto con el monje guerrero Fula-nito, que me enseñó los secretos del Kung-fu de Shaolin....”
Je,je,je.... Y yo tengo en mi casa una lata que pone “melocotón en almíbar”....


En definitiva, todo el mundo puede venir aquí a entrenar y aprender el estilo Shaolin y sus formas, pero son muy pocos los que logran traspasar el simple umbral de sus técnicas, progresando hacia una profunda comprensión de su arte y filosofía inherente. Esto implica un mayor sacrificio y un compromiso sin límites con todos los aspectos que rodean al templo y su arte. Si deseas conocer el verdadero Kung-fu de Shaolin, quizás deberás buscar ‘algo’ fuera de sus muros, y no dejarte cegar por las apariencias. Deberás estudiar mucho y leer más aún, con el fin de adquirir las herramientas necesarias con las que poder buscar lo que has deseado de corazón. Solo entonces puedes volver a Shaolin e investigar en profundidad, con otra mirada. El Kung-fu de Shaolin está ahí, solo tienes que ser capaz de verlo, detrás de toda la parafernalia para turistas, aficionados de escaparate y culto al dinero, que también ha llegado hasta aquí.

El templo ha de sobrevivir, y su manera de lograrlo es a través de la promoción turística y las donaciones de los fieles budistas y simpatizantes, artistas marciales o no. Y me parece completamente lícito que así sea. No olvidemos que toda la actividad alrededor de Shaolin, la genera la atracción que el propio templo ejerce sobre millones de personas.

Pero la realidad objetiva, no está en el templo y en sus alrededores, sino en nuestra manera de verla e interpretarla; Está en nuestro corazón, en nuestra capacidad de ver lo que queremos ver. Y si queremos encontrar el verdadero Shaolin, estará ahí, como un tesoro, mezclado en el negocio y la superficialidad más absoluta, que aún siendo así, ni de lejos se parece a nuestra manera de entender las cosas.

martes, 28 de abril de 2009

Capitulo 8


¡Que llegan los americanos!


Mi amigo Chen, al que siempre me lo encontraba por todos lados, me comentó que el próximo día llegaría un gran grupo de americanos. Pensé que estaría bien, ya que, por el momento, éramos los únicos extranjeros en toda la ciudad. Le pregunté de la razón de su visita y me dijo que venían a entrenar al Templo y para hacer unos exámenes.

Esto parecía muy interesante, y sentía verdadera curiosidad por conocerles. Sería también bueno para establecer nuevas amistades con gentes del otro continente.

Al día siguiente, cuando regresamos de nuestros entrenamientos, nos encontramos en el parking del hotel, cinco grandes y modernos autocares. Recalco lo de modernos, porque era bastante inusual ver este tipo de vehículos de lujo en China. Y el hotel estaba literalmente tomado por los americanos. Era un grupo de 180 personas, todos o casi todos practicantes de Artes Marciales y pertenecientes a una cadena de escuelas o academias de los EEUU, llamadas “United States Self Defense Studios”. Una gran pancarta a la entrada del hotel les daba la bienvenida. Los americanos iban en todo momento vestidos con ropa de entrenamiento, esto es, pantalón negro y unas camisetas con el emblema de su escuela o asociación, (que por cierto me recordó a “Karate Kid”). Me llamaba la atención que portaban casi todos cinturones negros, de los que se usan en el Karate u otras Artes de origen japonés o coreano, y que muchos de ellos luciesen una brillante calva, es decir, que estaban rapados. Sentía verdadera curiosidad por ver qué estilo de Kung-fu practicaban y el nivel que tenían. Si se acercaba minimamente a su nivel económico, tenían que ser unos “monstruos”, pues pasta se veía que tenían.

Después de cenar, Yan, que había hecho de espía para nosotros, me dijo que los americanos iban a entrenar en el parking del hotel. Eso no me lo podía perder de ninguna manera. Subí rápido a por mi cámara de vídeo a la habitación, y bajé más rápido aún a la calle para grabar lo que pudiese. Ya eran más de las nueve y media, por lo que el sol ya se había retirado detrás de las montañas, y el parking estaba iluminado por las escasas farolas. La temperatura era muy agradable. Me quedé en la gran escalinata de la entrada, donde se habían congregado un buen número de personas curiosas, en su mayoría chinos. En el parking había un gran número de americanos dispuestos en filas y en posición de firmes. Podían ser fácilmente más de cien. Pensé que porqué no se habían ido a la parte de atrás del hotel, donde había un gran espacio para poder entrenar. En el parking, delante del hotel, estaban expuestos a las miradas de quienes pasaran por la acera. Pero saltaba a la vista que eran americanos, y tenían que demostrarlo a cada paso que daban.

Comenzó el entrenamiento.... Varios personajes, imagino que Maestros, vestidos con pantalón negro y chaqueta roja, con su correspondiente cinturón, se paseaban entre los demás. Al fijarme mejor en sus vestimentas, descubro con cierto asombro, que se trataba de Karateguis, las chaquetas que se usan en Karate. Y destacaba otro personaje, también este con chaqueta amarilla de Karáte, y ocho o nueve danes en su cinturón, que debía de ser el Jefe supremo. ¿Porqué llevaban todos trajes de corte y estilo japonés?.... Algo no encajaba allí....

Comenzó el entrenamiento, o eso creía yo que era, pues luego resultó de que se estaban examinando de grado. Cuando comenzaron a hacer sus primeros movimientos, me quedé perplejo; ¡Estaban realizando técnicas de Karate! Incluso comenzaron a repasar una a una las Katas básicas de la escuela Shotokan, y por cierto, muy mal ejecutadas. ¿qué era eso? No acertaba a entenderlo. ¿qué hacía toda esta gente aquí, en la cuna del Kung-fu Shaolin, haciendo Katas de Karate? A cada momento dejaban oír su “Kiai”, el característico grito que se suele emplear en las Artes de origen japonés. Cada vez que el Maestro daba una orden, los asistentes contestaban con un sonoro “¡Sir, Yes, Sir!! (Señor, Sí, Señor!). Si cerraba los ojos, tendría dudas sobre lo que se trataba. Parecían los malos de Karate-Kid, pero interpretados durante la instrucción de los paranoicos marines americanos. Faltaba solo la banderita de barras y estrellas. Era la típica parafernalia americana, que, con todo mis respetos, rayaba el ridículo más espantoso.
El “Grand Master”, haciendo alarde de una gran soberbia, como pocas veces he visto en Maestros, no hablaba directamente con los alumnos, sino que daba las indicaciones a los de la chaqueta roja, y estos a su vez las transmitían a los de negro. Al final de la sesión, el “Grand Master” iba de alumno en alumno, acompañado de cinco o seis instructores, y se colocaba enfrente de estos alumnos, a escasos centímetros de sus caras, y les gritaba cosas. El sujeto de turno, sin mirar la cara al Maestro, contestaba de vez en cuando con un sonoro “Yes, Sir”, mientras los demás instructores rodeaban literalmente al aspirante a pasar de grado. Mientras, todos los demás, permanecían de pié en posición de firmes y formando filas. Aquello era realmente chocante, y parecía sacado de alguna película americana sobre marines. Un verdadero espectáculo, un tanto bochornoso y ridículo bajo mi punto de vista. Muchos chinos allí presentes, incluido personal del hotel se reía en voz baja. En la espalda de las camisetas americanas, que portaban todos, rezaba en grandes letras sobre un fondo naranja y amarillo, con bonsai incluido: “Shaolin Kempo”....

¿Shaolin Kempo? El nombre en si no era especialmente relevante, pues conozco estilos que se llaman así, aunque no se muy bien porqué. En este caso, el nombre de verdad que no tenía nada que ver con lo que estaban realizando, con el estilo que hacían. Más que estilo parecía una extraña mezcla de diferentes artes: Kempo, por las técnicas de defensa personal que mostraban, Karate Shotokan por las Katas (Formas) y Taekwondo por la manera de usar las piernas. Y a este “Chop Suey” de técnicas lo llamaban “Shaolin Kempo”....

Entre nosotros hacíamos comentarios sobre la calidad técnica de lo que estábamos presenciando, que de verdad, y salvo algunas excepciones, era de pena.. Sinceramente estaba algo molesto, por no decir ‘cabreado’ por lo que estaba viendo. Apenas grabé veinte segundos con mi cámara, pues no merecía la pena gastar cinta en ello. A pesar de todo, no hablábamos de manera despectiva hacia ellos. Algunos chinos que ya nos conocían y nos habían visto entrenar, se me acercaron para preguntarme que ‘qué era eso’, refiriéndose al show, mientras comentaban “Ta bù shi Shaolin Gong-fu” (eso no era Kung-fu Shaolin). Parecían más una secta que una escuela de artes marciales. El que estuviéramos allí hablando y observando, pareció molestarle mucho al “Grand Master”, que llamó a uno de sus seguidores para indicarle algo con gestos dirigidos hacia nosotros. Uno de ellos, que hablaba bastante bien español, se nos acercó y entabló conversación conmigo. Me dejó entrever amablemente que estábamos molestando al Maestro con nuestros ‘cuchicheos’, y que era mejor que nos retirásemos a descansar.
No me lo podía creer! ¿qué se creía esta gente? Me entró un poco la risa y controlé a duras penas mi rabia interior. Le dije respetuosamente, aunque he de reconocer que con cierta carga de cinismo, que estaba en un espacio público, y que en cualquier caso, eran ellos los que me molestaban a mi, con sus gritos. Que tenía que entender mi natural curiosidad por ver ese ‘circo Shaolin americano’, aunque los payasos no me gustaron. Y que les pedía disculpas por respirar el aire que ellos necesitaban. Que podía ir a donde su Maestro y postrarse ante él y decírselo de mi parte.
Se marchó un tanto sorprendido por mi dura respuesta, que reconozco fue, como mínimo irrespetuosa y fuera del tono y vocabulario que normalmente suelo emplear....

Esta prepotencia de que hacían gala estos americanos me alteraba bastante. Era un poco como invadir otro país, ya sea militarmente o con su cultura-basura, el “american way of life”. Llegaban aquí y se creían en el derecho de decidir quién les miraba y quién no. Y les debería dar vergüenza de usar el nombre de Shaolin en sus camisetas. Se ve que la vergüenza no era uno de sus fuertes y que el sentido del ridículo, seguro que ni figuraba en sus diccionarios. Eso sí, mucho saludo militar, mucho respeto de etiqueta hacia el Maestro, pero hacia los demás mortales, solo una esporádica sonrisa, fingida además.

Al trabajo de las Katas, le siguieron técnicas de defensa personal y algo de combate. Parecía que el coreógrafo de las técnicas había sido el inmortal superhéroe Chuck Norris. Y nada hacía entrever algo que tuviese que ver con el Kung-fu chino. Pero es que incluso para ser Karate, era de un nivel absolutamente paupérrimo. Lo único de nivel que había, eran los grados “dan” que portaban en los cinturones. Según pude averiguar posteriormente, habían llegado allí expresamente, para realizar un examen de 1º, 2º, 3º, y hasta 5º Dan de no se qué extraño estilo llamado Shaolin Kempo, que según ellos era Kung-fu. Y de paso pretendían realizar una demostración para el Abad del templo Shaolin al día siguiente. Me costaba creerlo.

En la segunda tanda de entrenamiento, el grupo de practicantes era de mayor grado, todos cinturones negros e Instructores de escuelas, aunque no mostraban tampoco una gran diferencia de nivel con el primer grupo. Estos realizaron algunas formas que parecían de Kempo o algo muy similar, pero en cualquier caso bastante alejado de lo que puede ser cualquier estilo chino de Kung-fu, y mucho menos del Shaolin Quan. Había algunos que por lo menos eran rápidos y con cierto nivel con las piernas. El “Grand Master” no hizo absolutamente nada, salvo pasearse como un General con aires de intocable entre sus estudiantes, que inclinaban la cabeza ante su paso.
Jesús, Dan y Mika se subieron a la habitación, cansados de lo que estaban viendo, mientras que yo me quedé un rato más, observando el desarrollo de aquél “reality-show americano”. Sentía también curiosidad por ver si el jefe se acercaría a mi para invitarme a marcharme, o mandaría a sus secuaces. De vez en cuando me dirigía una feroz mirada, llena de desprecio, a la que yo contestaba con una sonrisa....

Reflexionando, me di cuenta de que en el fondo estaba molesto conmigo mismo, por mis críticas hacia lo que estaban haciendo los americanos, sin pararme a reconocer el lado positivo de todo aquello. Analizando a fondo la cuestión, lo positivo es que ellos estaban aquí, y en un grupo enorme. Mostraban verdadero entusiasmo por lo que estaban practicando, yo diría que rayando el fanatismo, y veneraban al Maestro. Y poco les importaba que no se pareciese en nada al Kung-fu auténtico. Disfrutaban mucho vociferando su “¡Sir, yes Sir!”, mientras se les hinchaban las venas del cuello al gritarlo.

Eran más de ciento ochenta personas que creían ciegamente en su estilo, en su Maestro. Y había gente de todo tipo, desde algunos niños, hasta casi ancianos, pasando por el típico americano grueso que solemos ver en algunas películas, ataviado con su llamativa camisa hawaiana, al que era más fácil saltarle por encima que rodearle. En muchas ocasiones he visto películas americanas, algunas sobre Artes Marciales, y pensaba que se exageraba bastante el estereotipo americano; Pero me quedé corto.... Realmente son así!

Y mis pensamientos me llevaron hacia nosotros, que solo éramos cuatro, y eso con un enorme esfuerzo, pues no hubo manera de que se inscribieran más alumnos para venir aquí. Aunque el nivel no era ni mucho menos equiparable, ya que ellos no hacían Kung-fu, su compromiso con su escuela, su estilo y hacia su Maestro, si parecía mucho mayor que el mostrado por nuestros alumnos, que no mostraban ni un ápice de coherencia en este aspecto.
Todo esto me hizo reflexionar sobre muchas cosas y aspectos de nuestra escuela, y sobretodo, acerca de mí mismo.

Al día siguiente no se veía ningún americano por el hotel; Estaban en la visita al Templo. Si se notaba que aún estaban por aquí, era porque dejaron las habitaciones y los pasillos bastante sucios, llenos de botellas, latas y bolsas con desperdicios. ¡Vamos, una verdadera alegría para las chicas de la limpieza....! El pintor de cuadros que solía estar trabajando en el Hall de recepción, había hecho su particular “Agosto” con los americanos, vendiendo casi la mitad de sus obras. Y los había vendido bastante bien. Por una pintura de unos dragones sobre montañas, que a mi particularmente me encantaba, me había pedido inicialmente 800 Yuan, aunque tras negociarlo mucho, día tras día, había conseguido bajar el precio hasta los 300. Pues vi pedirle a un americano 2.800 Yuan, y este, sin pensarlo mucho, le soltó la pasta. Me quedé sin cuadro.... Así que no me extrañó que, dos días después, cuando pregunté por el pintor, me dijeran que se había ido unos días de vacaciones. Calculo que podría haber vendido fácilmente unos 30 cuadros, a un promedio de 800 Yuan, ..... Ya podéis hacer la cuenta....En China, esa cantidad equivale a unos tres o cuatro meses de sueldo.
Los americanos no negociaban los precios, sino que preguntaban y acto seguido, si les convencía, pagaban en dólares. Me pregunto si los americanos conocían el refrán ese que dice: “te han engañado como a un chino...”. Pues yo cambiaría lo de ‘chino’ por otra nacionalidad. ¡Son más listos que el hambre!

A la hora de la cena, acudimos como siempre al comedor, donde nos encontramos un gran bullicio, pues los yankis estaban celebrando una cena de gala. A nosotros nos reservaron el personal del hotel una mesa en un rincón, separada por un biombo. No se si era para que no nos molestasen a nosotros o para que nosotros no viéramos o participásemos de su fiesta, lo que tampoco era nuestra intención.(Luego me enteré que los americanos habían exigido todo el comedor para ellos solos....) Bueno, este detalle tampoco tenía demasiada relevancia, pero a la hora de servirnos la comida, la espera se hizo desesperante e incómoda. Me enfadé bastante, ya que mientras que en las demás mesas disponían de toda la comida, a nosotros nos llegaban los platos de uno en uno, con un intervalo de unos veinte minutos entre plato. Eso fue el colmo, así que llamé a Yan y le dije que hablara con la dirección y planteara nuestra queja. Si no se nos atendía de inmediato, queríamos marcharnos del hotel. Le dije que en nuestros billetes, con los que pagábamos, ponía exactamente las mismas cifras que en los de los americanos. Eran los mismos dólares. Yan estuvo a la altura de las circunstancias y se marchó a hablar con el director. Apenas un par de minutos más tarde, teníamos toda la comida en la mesa, con la disculpa personal del director. También el personal del comedor, que ya nos conocía de sobras, nos pidió disculpas, aunque sabíamos que no era culpa de ellos.

La fiesta-cena de los americanos parecía un circo; Muchos vestían el pantalón naranja del traje Shaolin, con unas ‘preciosas’ y llamativas camisas de estilo hawaiano. Algunos incluso portaban su cinturón negro. Una rubia con un vestido de noche muy escotado, creo que demasiado para la ocasión, no paraba de reírse a carcajadas. En la mesa de los maestros estaban, pues eso, los Maestros, pero acompañados por el Abad del Templo. Este hecho me sorprendió bastante, pues de alguna manera, este hombre como que no encajaba en todo esto. En mi mente se encendió una bombilla; .... Ya lo comprendía. Lo que importaba en estos casos era el dinero, el dólar americano. El Abad se mostraba bastante tenso e incómodo, eso saltaba a la vista. Pero a los demás, no parecía importarle lo más mínimo. Llegaban y se hacían una foto cerca de él, como si fuese un mono de circo, ya que ni le pedían permiso para ello. Antes de que comenzase la ceremonia de entrega de grados y certificados, el Abad se levantó, y a través del traductor, agradeció a los presentes su estancia en Shaolin y les deseó feliz viaje de regreso. Dicho esto, y sin esperar a que acabaran de aplaudir, se dirigió a la salida, visiblemente contrariado y acompañado de sus dos ayudantes. Hubo un ligero murmullo, seguido tras una breve pausa por otra oleada de aplausos. La mayoría había cumplido su objetivo; lograr examinarse de lo que fuese en Shaolin (¿?), hacerse una foto con el venerable Abad y tener un bonito certificado que lo acreditase. Estos certificados tenían un diseño y presentación muy llamativos, pero nada tenían que ver con el Templo, pues los mismos americanos los habían traído de su país. Pero en ellos rezaba que el titular se había examinado en el Templo Shaolin de Henan, China. Absolutamente increíble. ¡Que falta de respeto hacia el templo, hacia el abad y hacia las Artes Marciales chinas! Nada más importaba; ni las tradiciones, ni la historia, ni siquiera los monjes. Todo era puro negocio, pura fachada. Sentí verdadera vergüenza ajena. Éramos los mismos occidentales los que, con situaciones como esta, estábamos desvirtuando y ensuciando la imagen de Shaolin, que luego, paradójicamente, criticábamos en nuestros países.
Con este episodio, mi natural aversión hacia todo lo americano, se acentuó considerablemente.

Me podía imaginar la imagen que esta gente podía vender en su país, los USA. Una foto en la puerta del templo, vestido de naranja, y un bonito papelote que le acreditaba haberse examinado en Shaolin... ¡y hala, a abrir academias como churros! Porque los americanos son expertos en comercializar cualquier cosa. Porque todo esto, en un país como los USA, vende, y mucho además. Y da igual que sea o no Shaolin lo que enseñen,
ellos te venden la imagen... Y si no te convence del todo, te enseñan la camiseta que pone “The abbot of Shaolin Temple is my friend” y te venden la peli “ Kung-Fu”, en VCD, por supuesto, del David Carradine, vestido de monje chirigotero.

Pero esto, por desgracia, no solo ocurre en los USA, que son verdaderos expertos, sino que lo tenemos también en nuestro país. Y se hace negocio con ello. Se venden videos, libros, cursos y una imagen, que yo considero de barro, hueca, sin nada de valor en su interior. Toda una gran farsa. Pero hay muchos incautos y frikis que están sedientos de pertenecer a esa ilusión de Shaolin. Y siguen al primero que les venda la moto china - pero iluminada- del monasterio. Pero todo esto caerá, y si no,... tiempo al tiempo.


Al día siguiente, todos los americanos se marcharon a Shaolin, para hacer una demostración para el Abad. Por la noche, el Sr. Wang, que trabajaba como guía para los yankis, me comentó el desarrollo de esa demostración. Según su versión, todo el grupo se colocó en filas delante de la entrada al templo, en la gran explanada. Todos estaban en posición de firmes ... Y así se quedaron casi durante una hora y pico, ya que el Abad no quiso salir para presenciar la demostración. Les cayó incluso una tormenta tremenda, que a nosotros nos pilló entrenando, pero los tíos ni moverse. Permanecieron allí, bajo el intenso aguacero, sin inmutarse. Esa imagen me recordaba la película “American Shaolin”, donde el protagonista se pasaba varios días a las puertas del supuesto templo, esperando ser aceptado. Se ve que se habían visto muchas veces esa payasada de película, pues estos eran idénticos. A pesar de la prepotencia de los americanos, que llegaron a tener algunos pequeños altercados con las autoridades, pues no querían que nadie se parase en las escaleras de acceso al templo, no les sirvió, en este caso de mucho. Shaolin permaneció cerrado para ellos. La dignidad, a pesar de todo lo visto, no estaba en venta, lo que de alguna manera supuso un alivio para mi alma.
Esa misma tarde, partieron rumbo a Luoyang y Xi’an, cargados hasta las orejas de armas, trajes, camisetas y demás recuerdos que vendían en Shaolin. Después de todo, esta gente suponía un estupendo negocio para los chinos. Incluso se compraron una enorme espada decorativa, que debían llevarla entre dos personas y cuyo precio era de 22.000 Yuan.

El Maestro supremo de los americanos, se quedó en el hotel, ya que por lo visto, días más tarde llegaba otro nutrido grupo de la misma cadena de escuelas. En esta ocasión eran unos sesenta, pero poca diferencia con los anteriores; Volvieron a repetir toda la parafernalia americana: el entrenamiento tipo marine, las extravagantes vestimentas de algunos, las compras multitudinarias, el poco respeto hacia todo el mundo, etc. No quería creer que la prepotencia y soberbia fuese una característica de esta gente, pues no me gusta generalizar, pero muy pocos daban otra imagen. En el hotel estaban un tanto hartos, por lo guarros y maleducados que eran. Eso lo pudimos comprobar por nosotros mismos, pues apenas ninguno nos saludaba en los pasillos o en el ascensor, cuando nos cruzábamos con ellos. Llegué a percibir que hasta cierto punto, les incomodábamos; les molestaba que nosotros, también extranjeros allí, estuviésemos por esos lugares.


Desde la ventana de nuestra habitación, que daba al gran parque detrás del hotel, pude casualmente observar las evoluciones de un entrenamiento que estaba realizando el Maestro americano. Se encontraba solo, realizando algunas formas, que sí parecían de Kung-fu, del estilo Hung-Gar o Choylifut, o una mezcla de ellas. Realizó también alguna con sable. Su nivel no era malo y técnicamente era bastante bueno, pero lo que hacía, seguía sin tener nada que ver con el Kung-fu de Shaolin. Ni su estructura, ni técnicas ni expresión. Nada. Y para ser 8º o 9º Dan, como figuraba en su cinturón, pues tampoco era para lanzar cohetes. Cualquier cinturón negro de los nuestros lo superaba con creces, al menos en lo referente a la realización de formas. Cada vez que realizaba un grupo de movimientos, se paraba para secarse el sudor y beber agua (y de paso miraba por si alguien lo observaba). Se arreglaba el traje y el cinturón y continuaba con otro grupo de movimientos. Al rato llegaron varios alumnos suyos, portando uno de ellos un palo de tres secciones, que seguramente acababa de adquirir. Dado que el chaval no sabía ni como sujetar ese arma, el Maestro se le acercó y le pidió el palo. Cinco o seis movimientos y varios golpes, bastaron para que se la devolviese al chico. Seguramente, el arma estaba ‘defectuosa’ y por eso se había dado varios ‘coscorrones’ durante su intento de manejo..... Yo observaba sus evoluciones un tanto perplejo.

Una veintena de miembros de ese segundo grupo, aparecieron esa misma mañana en nuestra escuela, para entrenar. La verdad es que tenían una pinta bastante ridícula, o como menos, estrafalaria, con sus camisetas floreadas y sus llamativos trajes. Los chinos de nuestra escuela los miraban extrañados y con una sonrisa burlona en la cara. Uno de los Instructores habló con un miembro del equipo de monjes, para que subiese a la sala de arriba para enseñarles una forma. Se trataba del “Tongbeiquan”, una de las formas básicas del programa de Shaolin. Yan me preguntó si conocía esa forma, a lo que le contesté en broma, que sí, que lo mismo se la podía enseñar yo mismo a los americanos. Se lo comentó en broma al Instructor y este se lo tomó en serio, sonriendo encantado. Pareció encantarle la idea.—¡Joder!.... Que poco sentido del humor tenían aquí! - Me preguntó si tenía ropa.... Rápidamente decliné la propuesta, aunque insistió en que subiera, por lo menos para ayudar al Monitor que les habían asignado, y que no hablaba ni palabra de inglés. Prometí ayudarle, si era necesario, pero maticé que a los americanos no les agradaría la idea. Así que subí con el Monitor y lo presenté al grupo, que cuando me vieron, se miraban unos a otros con incredulidad y caras de asombro, pues el Instructor Jefe me presentó como Maestro. (casi me da la risa...). Les expliqué brevemente lo que iban a entrenar y les dije que ante cualquier duda, preguntaran por mí, que estaría abajo. Por supuesto que nadie bajó. Y yo solo me asomé en un par de ocasiones por la sala, más que nada para ver que nivel tenían. Y en las dos ocasiones, estaban descansando y haciéndose fotos.
El que si bajó, dos horas después, era el Monitor, visiblemente agobiado. Le preguntamos que tal le había ido, a lo que contestó que estaba harto de los americanos. En las dos horas solo habían logrado aprender apenas una veintena de movimientos de la forma. Siempre hablaban, y se paraban a descansar cada diez minutos. Y de bajar las posiciones, por supuesto ni hablar; todo eran quejidos y lamentos. (Bueno, eso ocurría en parte también con los nuestros). Y no paraban de hacerse fotos los unos a los otros, mientras le pedían al Monitor que hiciese alguna postura típica con ellos. De entrenar, poco. El pobre chaval, acabó más cansado que los americanos. Tanto que no quería volver a subir esa tarde para la segunda sesión. Al final, acabaron enviando a otro, que les enseñó casi la mitad de la forma. Bueno, es un decir, porque había que verlos trabajar. Eso sí, al final, dos de los asistentes del grupo, les dieron a los monitores 200 dólares! ....
Esta gente había ido a Shaolin, y a China a aprender Kung-fu, como el que viene aquí, a la Costa del Sol a jugar al golf.

Bienvenido...

Hace ya muchos años que vengo viajando a las regiones milenarias de China, un país que me fascina, que me llega a lo más profundo de mi alma y corazón. Y en todos estos años, he acumulado un sinfín de historias, anécdotas y relatos que han ido tomando forma de pequeños libros que, por diversas circunstancias, no han salido publicados aun. Pero es mi deseo que todos mis amigos y conocidos, además de cualquier otra persona interesada en estos temas de aventura y viajes, puedan acceder y compartir de alguna manera mis experiencias.
Así pues, este blog no es otra cosa que una ventana abierta a mi corazón y, si te animas a asomarte, un billete que te trasladará miles de millas a lomos de los recuerdos y experiencias por esas tierras. Bienvenido..